lunes, 7 de febrero de 2011

¿ESTÁS ENAMORADO... DE ALGO?

El pasado 5 de febrero se celebraba el aniversario de muerte de un gran hombre en la Iglesia: Pedro Arrupe. Quizá lo conozcas. Quizá no. Es buena ocasión para conocerle. Pero en todo caso, los grandes hombres y mujeres siempre son buena oportunidad para hacernos pensar y ayudarnos a crecer.
¿Tú estás enamorado? ¿Hay algo o alguien que te hace levantarte por las mañanas y acostarte con paz por las noches? ¿hay algo o alguien por quien darías la vida? Porque si a todo respondes "no"... ¿a qué esperas?
¡Enamórate!
Nada puede importar más que encontrar a Dios.
Es decir, enamorarse de Él
de una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación,
y acaba por ir dejando su huella en todo.
Será lo que decida qué es
lo que te saca de la cama en la mañana,
qué haces con tus atardeceres,
en qué empleas tus fines de semana,
lo que lees, lo que conoces,
lo que rompe tu corazón,
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! ¡Permanece en el amor!
Todo será de otra manera.


(Pedro Arrupe)

miércoles, 2 de febrero de 2011

JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA


Nos comprometemos a seguir el estilo de vida de Jesús, por medio de la profesión de los votos públicos de pobreza, obediencia y castidad; con una vivencia profunda del misterio Eucarístico; en fraterna comunión de vida y misión; en sencillez, pobreza y laboriosidad; para ser testigos del amor salvífico de Dios a los hombres y de la presencia del Reino futuro en la tierra. Hemos de sentir sobre nosotras el peso de la Iglesia, que nos impulse a llevar la Ley santa del Señor a toda criatura y contribuir a la renovación permanente de la vida consagrada. Nos entregamos con entera disponibilidad al servicio de la Iglesia para acudir a lo más urgente, oportuno y eficaz, de acuerdo a nuestro carisma. Nuestra razón de ser en la Iglesia es que Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, sea conocido y amado por todos los hombres
(Constituciones Misioneras Claretianas, nn 6.7.10)

martes, 1 de febrero de 2011

LE HE TOCADO

Le he tocado. Siquiera rozarlo. Una sóla vez es suficiente. Yo sé que es verdad. Entre nosotros nos apretujamos, gritamos, buscamos milagros y remedios rápidos y saludables. Recetas para la felicidad rápida e inmediata. Esperamos un Dios que nos resuelva la vida, pero esta vida, la mía, la que a mí se me antoja como mi vida. Un Dios que no se inmiscuya en mis asuntos ni en mis decisiones ni en mis proyectos. Un Dios -eso sí-, al que poder responsabilizar de todo lo que me vaya mal a mí o a la gente a la que quiero.

Le he tocado. Siquiera rozarlo. Y entonces, supe y sentí que la fuente de tantas hemorragias vitales; esos focos por los que llevo toda la vida perdiendo las fuerzas y la misma vida, estaban sanados. Me di cuenta que la mayoría de nosotros ni siquiera lo reconocemos, no le ponemos nombre, pero todos padecemos flujos de sangre, pérdida de vitalidad por cien mil tonterías que nos van debilitando y enfermando de tristeza, de soledad, de violencia.

Le he tocado. Siquiera rozarlo y sentí que su fuerza llenaba todo y sanaba todo. Ahora estoy sana y vivo en paz. No soy mejor que los demás. Tampoco peor. Pero ahora, gracias a Él, sé que no se puede vivir perdiendo vida continuamente en cien mil tonterías... Y cuando alguna de ellas vuelve a tocar a mi puerta, queriendo apoderarse de mis fuerzas, recuerdo que le he tocado. Que es real. Y que no merece la pena.


(Mc 5, 25-34)
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado.

Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?»
Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: "¿Quién me ha tocado?"»
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo.
Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»

miércoles, 26 de enero de 2011

HA MUERTO SAMUEL RUIZ


El 24 de enero murió D. Samuel Ruiz García, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas. La causa fue una neumonía y otros padecimientos que sufría desde hace tiempo. Samuel Ruiz nació en Irapuato, Guanajuato, en 1924.
Durante 40 años fue obispo en San Cristóbal -de 1960 a 2000-, impulsando con total sencillez y humildad la opción preferencial por los pobres. Tras el levantamiento en Chiapas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en 1994, Samuel Ruiz hizo suya la causa indígena, lo que le ocasionó problemas con el ejército mexicano y otros estratos sociales y eclesiales.
Al parecer, uno de lo últimos deseos de Samuel Ruiz fue que se le inhumara en la catedral de la Diócesis de San Cristóbal, donde él presidió los llamados “diálogos de paz” entre el gobierno y el EZLN. De hecho, en el año 2000, recibió el premio Simón Bolívar de la UNESCO, por su contribución a la paz y al respeto a las minorías étnicas. Al año siguiente y por los mismos motivos, se le otorgó el Premio Internacional de Derechos Humanos de Nuremberg.
Como todos los hombres y mujeres apasionados, que se comprometen con una causa hasta el final, con radicalidad, empeño y cuidado, será signo profético, incómodo para unos y querido para otros. Política y socialmente, siempre controvertido. Y por tanto, incómodo eclesialmente. Como lo fue Jesús.
No somos quien nosotros para juzgar. Ni a él ni los movimientos eclesiásticos que se darán enseguida en la diócesis mexicana. Pero sí podemos y queremos reconocer la verdad de este hombre de fe, creyente y buscador, sencillo, amigo de Dios y de los pobres. No es poco.
Gracias, D. Samuel. Pida por nosotros.